Cardiff, razones y balones

 

 

Los madridistas seguro que están deseando coger la bufanda de su equipo y escaparse a Cardiff. El 3 de junio la capital de Gales acoge en el Estadio del Milenio la final de la Liga de Campeones de la UEFA. Una coartada para saciar una devoción sin levantar sospechas y alimentar la curiosidad por una ciudad que se empeñó en seguir funcionando una vez el carbón pasó a la historia.

 

 

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El gran esqueleto mecánico que da forma a este recinto mutante tiene un aforo de 74.500 espectadores, los cuales en ocasiones escuchan conciertos, les sube la adrenalina con el Speed Way Grand Prix , disfrutan con partidos de fútbol y, sobre todo, vibran con el dolor y la gloria del venerado rugbi. Para limar asperezas entre unos y otros las Joy machines de este ícono de la ciudad tiran 12 pintas en menos de 20 segundos y sacian la sed de cualquier aficionado. Con la hidratación de los espectadores no se juega.

 

Antes de que el esférico eche a rodar sobre la hierba los seguidores del Real Madrid y de la Juventus de Turín tienen que animarse a cruzar al otro lado de Castle Street. No es mucho lo que toca caminar para dar con el Parque Bute, el pulmón de la ciudad. Este pasto verde, atravesado por el río Taff y recorrido por varias pistas de asfalto por las que circulan ciclistas y peatones, da a parar a la catedral de Llandaff, ubicada en el elegante barrio del mismo nombre, el cual tuvo como vecino ilustre al escritor Roald Dahl.

 

Los que se monten en una bicicleta y sigan el curso de agua unos 10 kilómetros en dirección norte no les costará alcanzar la localidad de Tongwynlais. En ella se alza el castillo Rojo. Una construcción diseñada por William Burges en el siglo XIX que muestra la transición entre el alto gótico hacia el alto estilo victoriano. El arquitecto aprovechó las ruinas de una antigua fortificación del siglo XIII para dar vida al capricho que le mandó levantar el III Marqués de Bute. Este aristócrata llegó a ser el hombre más rico de su tiempo. Gracias al carbón que se extrajo en las minas que había junto a la bahía de Tigre obtuvo el dinero que le permitió financiarse este castillo y el de Cardiff, en pleno centro de la ciudad. Muy cerca de este antiguo fuerte normando se suceden la Universidad, el Ayuntamiento, las Cortes, la Asamblea y el Museo Nacional. En sus salas se exhiben obras de Cezanne, Renoir, Rodin, Monet, Picasso y Van Gogh, lo que le convierten en la mayor colección de pinturas impresionistas y pos impresionistas fuera de París. Oh, là, là. También hay espacio para recreaciones de dinosaurios, simulaciones de terremotos, erupciones volcánicas y una galería arqueológica. El gusto por lo ecléctico es casi una norma.

 

 

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Después de tanta monumentalidad un poco de jaleo sienta bien. Es agradable pasear por un casco viejo en el que se cruzan calles peatonales (St Mary, The Hayes, High, Queen, entre otras) y se suceden galerías comerciales techadas denominadas Victorian Arcades. Las más antiguas son: Royal, Castle, High Street, Morgan y Wyndham. En su interior las compras son otro tipo de experiencia y, si se cansa de tanto escaparate, siempre puede hacer una parada técnica y reponer fuerzas en alguno de los cafés, restaurantes y pub que hay por estos pasillos tan señoriales. Otra opción es acercarse al Mercado Central, el cual no se ha movido un ápice desde hace más de cien años. Se trata de una atractiva estructura victoriana cubierta por un techo de cristal en el que salivará entre tantos productos gastronómico locales. Si necesita confesarse por los pecados consumados o por los que están por venir aproveche y cuélese en las iglesias de Saint David y Saint John. Una visita sagrada que contrasta con lo profano de la zona de la bahía.


Wales Milennium Center

Los días de vino y rosas se marchitaron cuando Cardiff dejó de ser el mayor puerto carbonero del mundo. En la actualidad la bahía se ha convertido en la imagen de la nueva ciudad. Un lugar para pasear a orillas del mar y disfrutar con la familia. Junto a la Plaza Roald Dahl se conserva el edificio Pierhead, una construcción de ladrillo rojo que brilló cuando la capital galesa exportaba el carbón que consumía gran parte del mundo. Se pasó del hollín a las transparencias que hoy lucen diseños de cristal como el Wales Milennium Center, un polifacético edificio donde se producen espectáculos de danza, teatro y conciertos. Muy cerca se encuentra el Senado (http://www.assembly.wales/), la Asamblea de Gales. Un diseño transparente al cual se puede acceder y escuchar lo que los políticos galeses discuten. Bordeando el golfo se llega a una iglesia noruega (la familia de Roald Dahl emigró desde aquel país) y al Doctor Who Experience.

 

Ya solo queda regresar al Estadio del Milenio a ver el partido. Con que su equipo (el mío es Real Madrid) meta unos cuantos goles menos que razones hay para visitar Cardiff hay muchas posibilidades de que gane holgadamente. Y, entonces, el recuerdo de esta antigua ciudad carbonera será para siempre. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Galo Martín Aparicio

Redactor y autor de guías de viajes de la editorial Anaya Touring.

Escribo sobre rincones, personajes, viandas y bichos que me asaltan por el camino. Lo hago en varios medios nacionales (suplemento Destinos, Traveler, Vis à Vis y Mine) y en latinoamericanos (Avianca, Diners, Aire y Accent).

Regresé de Cardiff sin que nadie me placara. Me sentí afortunado. Volveré.